A la manera de una Annie Wilkes, aunque menos radical, la narradora de la primera novela de Valeria Tentoni (Bahía Blanca, 1985), La vida privada (Seix Barral, $ 28.900), quiere saberlo todo -y de primera mano- sobre la escritora que admira y que vive retirada en una isla de su propiedad, llamada como un personaje inventado de una enciclopedia estadounidense para detectar plagios editoriales. Sin llegar a los extremos de la antiheroína de Misery, la joven renuncia a su trabajo, le miente a la madre y viaja para conocer a la fotógrafa, piloto y autora de un solo “libro perfecto”, Virginia Mountweazel. A su anfitriona, que la recibe a regañadientes, le dice que leyó 39 veces sus diarios, “repletos de revelaciones y epifanías”. “El efecto es curioso. Conforme se avanza en el libro, la frustración cede y da paso a una certidumbre: no hay mejor manera de llegar a la gracia que leyéndolo”, describe. Sin embargo, su proyecto de conocer a fondo a la fotógrafa (que hizo tareas de inteligencia para el ejército y responde con “niveles de confianza” variables) tomará un camino inesperado y, en una comunidad reducida de personajes parcos, deberá convertirse en Mountweazel. Tentoni, que en 2022 ganó el primer premio del Concurso Latinoamericano de Cuento Marta Brunet, de la Universidad de Chile, es autora de poemarios, libros de cuentos y el ensayo El color favorito. Según la flamante ganadora del Premio Nacional de Literatura de Chile, Cynthia Rimsky, la autora de La vida privada “nos hace navegar por la delgada línea que separa lo real de la ficción, la ingenuidad del coraje, la admiración del resentimiento”. El 19 de septiembre, a las 19, leerá en la Casa Nacional del Bicentenario (Riobamba 985), junto con la música Noelia Recalde, en el ciclo Antes que Anochezca. También participará de la próxima edición del Filba Internacional. -¿A qué género pertenece tu novela? ¿Retoma la novela de aventuras o el policial? -Cuando la escribí no estaba pensando en ningún género de antemano. Es cierto que la novela de aventuras es un modelo que Alberto Laiseca nos alentaba a aprovechar en sus talleres, al menos en mi recuerdo. Disfruto muchísimo la lectura de ese tipo de historias, los viejos novelones de aventuras, pero no tanto de los policiales que, en este momento, me aburren un poco. Cuando era chica leía mucho a Agatha Christie, Edgar Allan Poe o Patricia Highsmith, pero ahora mismo, de ella preferiría leer sus diarios, que son extraordinarios. Me interesa pensar en los géneros clásicos como standards sobre los que hacer variaciones. Creo que lo que escribí tiene algo de novela de aventuras, de novela psicológica, de novela de iniciación, algo de thriller, algo de diario… Un poco de todo y nada en particular. -¿La relación de la narradora y protagonista con su autora adorada está basada en tu experiencia como lectora? -En realidad, no tanto. Como lectora siento más fascinación por los libros que por sus autores y autoras. Supongo que esto responde a dos variables: la primera, que trabajo como periodista cultural y permanentemente tengo que estar en contacto con escritores y escritoras; si cayese en algún tipo de admiración desmedida por estas personas, no podría trabajar. La segunda es un recuerdo de la adolescencia. Una vez, Fernando Peña vino a Bahía Blanca a hacer un espectáculo en un teatro pequeño que ya no existe. Yo lo admiraba mucho y convencí a mi papá de que me acompañara a verlo porque era menor de edad, tendría quince, dieciséis años. En el momento más alto del show, Peña, con el torso desnudo y a los gritos mientras sostenía un paraguas sobre su cabeza, comenzó a arengar al público para que le arrojara unos panes viejos que habían dejado preparados sobre las mesas. La gente enloqueció y enseguida lanzaron disparos desde todos los rincones. Él no se cubría más que con ese paragüitas. Cuando quise tomar el pan que nos había tocado, mi padre apoyó su mano derecha sobre la mía con firmeza y me dijo: “La comida no se tira”. Ese día me enseñó a no obedecer en ciego por causa de una admiración, a no idolatrar a nadie. También Peña me lo enseñó: cuando le pedí una foto a la salida, me sobró de arriba a abajo y me preguntó: “¡¿Foto?! ¿Para qué?”. Todavía la guardo. -¿Es el poder de la lectura lo que lleva a la narradora a cambiar su vida? -Esta es una de las preguntas que guiaron la escritura: ¿quién tiene más poder en un libro? ¿Quien lo escribe o quien lo lee? Me interesaba poner en problemas el presupuesto de que el libro es propiedad del autor o de la autora, investigar cuánto poder se reserva el otro elemento de ese binomio íntimo y profundo que provoca una escena de lectura. -¿Cómo resultó la experiencia de escribir tu primera novela? -Me costó mucho. La escritura del primer borrador fue rápida, digamos unos tres meses, y en pandemia, con todo el tiempo libre a mi favor. Esa etapa fue de puro placer. Había intentado antes escribir novelas sin conseguir terminarlas, así que fue una sorpresa lograrlo, me dio una alegría increíble. Pero, claro, después hubo que corregirla; es decir, escribirla de verdad. Y eso fue arduo, llevó años de dudas en los que llegué a descartarla por completo. -¿Persiste la idealización de los escritores y en qué medida es importante la preservación de la vida privada? -De quienes escriben libros, hoy en día, se espera mucho más que libros. No todas esas exigencias son desagradables, aunque puede que otras sí; lo que es seguro es que son distractivas, que para escribir es necesario lograr concentración. Hay infinitas maneras de ser escritora, cada quien tendrá que ir reconociéndose en el camino. La sobreexposición de la vida privada no es en absoluto un problema exclusivo de los artistas; hay un paradigma en crisis que todavía no pudimos resolver como sociedad. -¿Cuánto de vos hay en la narradora y en Virginia? -Hay un poquito de mí en cada una, les tengo mucho cariño a las dos y me costó dejarlas atrás. Me caen bien y mal al mismo tiempo. -¿Qué papel cumple el paisaje donde transcurre la historia? -El paisaje estuvo ahí desde el vamos: en el principio había una isla. De esa isla comenzaron a brotar personajes, animales, temperaturas. Mientras escribía, me sentía un poco ahí, en esa humedad, rodeada de verde. La lectora invade a la escritora, es cierto, pero las dos invaden a su vez a la isla, una isla virgen y robada que comienza a rebelarse. Así que el paisaje es, de algún modo, otro personaje de este libro, con sus ejércitos de pájaros, sus humores acuosos, sus árboles secretos. -¿Cómo ves el panorama de la literatura argentina, teniendo en cuenta tu experiencia como editora del blog de Eterna Cadencia? -La literatura argentina contemporánea goza de excelente salud, a pesar de las dificultades monstruosas que atraviesa el mundo del libro. Hay muchas personas escribiendo buenos libros, muy distintos entre sí; hay conversaciones entre esos libros, continuidades, quiebres, sorpresas. Hay espacios de formación, inclusive gratuita y pública, para quienes quieran comenzar su camino, y las clases son impartidas por escritores de excelencia. Hay talleres, festivales, y muchísimas y muy activas librerías que se proponen también como espacio de encuentro. Hay un ecosistema de editoriales magnífico, ferias como la FED lo dejan en claro. Pero este paraíso de escritores y lectores, en este momento, está en riesgo, y es importante que quienes toman decisiones a gran escala reconsideren su enorme valor para nuestra identidad nacional. -¿Te referís a algo en especial? -Me refiero al intento de derogación de la ley del libro, que puso a todo el ecosistema en alerta, a la crisis económica y la drástica caída de ventas en librerías que provoca que varias estén cerrando, y a la falta de apoyos estatales y acompañamientos en esta situación crítica, entre otras variables. -¿En qué trabajás actualmente? -En ensayos sueltos, y escribo algunos poemas. Todavía no logro bajar de la novela, en pleno periodo de presentaciones, pero espero pronto conseguir la calma y el tiempo para comenzar un nuevo proyecto de largo aliento que tengo en mente. Creo que me voy a volver un poco adicta a escribir novelas, extraño la sensación de tener un archivo creciendo en mi computadora.