Hay una escena que se repite cada día en miles de hogares. El niño sale del colegio tranquilo y feliz. El docente comenta que ha tenido “un buen día”: ha trabajado, participado y se ha relacionado bien con los demás. Pero al llegar a casa, algo cambia. Basta una simple frase, un límite o una pequeña frustración para que estalle. Llora, grita, desafía, se desregula emocionalmente. Y entonces aparece la pregunta que tantos padres y madres se hacen: “¿Por qué conmigo se porta así y con los demás no?”. Seguir leyendo