Parte de la realidad argentina está ocupada por lo que ocurre en Brasil, país al que estamos unidos por infinidad de lazos. Uno de ellos, inmodificable: la geografía. Los comicios en Brasil tienen varias lecturas. Hay datos indiscutibles en su significado. Otros plantean algunos interrogantes, como afirmaciones sobre la dimensión internacional de esa contienda. El dato más importante es la derrota de Lula. El presidente brasileño sacó 3.379.000 menos que en la elección de hace cuatro años. Hubo, por otro lado, una transferencia misteriosa y completa de sufragios de Jair Bolsonaro a su hijo Flávio. El surgimiento de una ultraderecha conservadora encarnada en el expresidente, lo que muchos consideraban como algo episódico, fue un fenómeno que terminó por estabilizarse. Mitos y verdades de la elección brasileña; el editorial de Carlos Pagni La victoria de Bolsonaro, eco de otros resultados similares en la región y en Europa, debe ser subrayada. Existieron otros candidatos -tres al menos- que expresaban también a votantes de derecha. La fragmentación de la oferta electoral amenazaba aún más a Bolsonaro que a Lula. Observadores brasileños señalan un error discursivo en la campaña electoral del líder del Partido de los Trabajadores (PT), mensaje que podrían leer los peronistas, y aún más los del núcleo kirchnerista, que enfrentarán a Milei en 2027: el PT no tuvo en cuenta que es blanco de un sentimiento adverso muy marcado, en especial Lula, en sectores de la clase media brasileña radicados en el sur del país. Se parece mucho al odio que mucha gente siente por Cristina Kirchner o La Cámpora, una emoción radical y de animadversión que domina la política. Para esos analistas brasileños, el desacierto estuvo en no haber hecho énfasis en la idea de un frente electoral contra Bolsonaro. Por el contrario, la campaña se basó en la figura de Lula y el Partido de los Trabajadores, quienes inspiran fuerte repudio y llevan a un gran caudal de votantes, que no adhieren a los Bolsonaro, a votarlos únicamente por el rechazo hacia el oficialismo. La elección adquirió un significado internacional. A tal punto que resultó en un festejo para el presidente Javier Milei, quien no solo es amigo de los Bolsonaro, sino que hizo una campaña agresiva en su favor en territorio brasileño y en contra de Lula, a quien descalificó incluso en París. Durante una entrevista con Le Point, calificó al actual mandatario de “ladrón” e insistió con que su libertad deriva de una decisión procesal. Todo ello permite a Milei atribuirse la victoria. Lo mismo pasa con Donald Trump. La campaña de Flávio Bolsonaro comenzó con una visita de él y de su hermano Eduardo, quien podría llegar a ser el canciller de Brasil, al Salón Oval. Es una elección difícil de revertir. La mayoría de los votantes de las demás opciones, donde abundan los candidatos de derecha, tenderían a decantar más por Bolsonaro que por Lula en un balotaje. ¿Significa que, de imponerse Bolsonaro, Brasil se alineará con Washington de manera absoluta y definitiva? Es también un detalle difícil de pensar. La base multicolor del candidato por el Partido Liberal tiene un componente de suma importancia: el sector agropecuario, rubro económico extraordinariamente conectado con China. No es la única novedad. Las empresas chinas, frente a la economía brasileña, toman decisiones que no adoptan con otros lugares del mundo. Mientras que exportan sus productos e invierten en infraestructura en la mayoría de sus naciones aliadas, Brasil es una de las pocas donde instalan además plantas de producción de autos tanto para consumo local como para exportaciones. Entre esos destinos está la Argentina. Se calcula que más de 50.000 autos chinos producidos en Brasil llegarán al país, por ventajas que ofrece el Mercosur, como la inexistencia de aranceles para el comercio entre países miembro. También se exportará a México. Aspectos como este hacen impensable que Bolsonaro, al igual que su padre, rompa con China, y mucho menos sacar a Brasil del grupo BRICS, donde los presidentes brasileños conviven con Xi Jinping, el mandatario chino. No es el único factor importante en el voto a Bolsonaro. La religión se convierte cada vez más en un elemento que moviliza en la política. Dentro de ese gran abanico, el voto evangelista empieza a ser la primera minoría en varios lugares de Brasil. De acuerdo con las encuestas, en el Estado de Río de Janeiro el 35% de los habitantes se declaran evangélicos. Otro 30% se considera católico, por lo que el primer grupo se impone con una ventaja de cinco puntos porcentuales. Es un sufragio regimentado. Muchos feligreses evangélicos le hacen caso a su pastor respecto de a quién hay que votar. No ocurre lo mismo con el catolicismo. En la Argentina ocurre un fenómeno de similares características. La política argentina estará teñida de religiosidad en las próximas semanas por la visita del papa León XIV. El Gobierno se prepara para su llegada al país. En medio de insultos contra unos y otros, apareció un tuit del Presidente en el que recordaba a San Francisco de Asís como un hombre de paz, algo disonante con otros posteos enfurecidos. Aquel intento por crear un clima de amistad y afinidad con el Vaticano podría no ir en línea con declaraciones del ministro de Economía, Luis Caputo, quien tal vez se equivocó al calificar a Axel Kicillof, gobernador bonaerense, como el “anticristo” y al kirchnerismo como “el infierno”. Una encuesta realizada por la Universidad Católica de Córdoba, junto con institutos religiosos estadounidenses, atestigua un ascenso de la filiación religiosa evangélica. Del total de la muestra, el 70% dice que su religión de crianza fue el catolicismo. Sin embargo, de ese total, solo el 60% la profesa actualmente. Con respecto al evangelismo, el 11% de los encuestados dijo haber sido formado en este movimiento. El número asciende a 14,3% si se tiene en cuenta a quienes expresan esa fe en la actualidad. De verse la elección brasileña con ojos argentinos, podría decirse que la victoria de la derecha es el triunfo de Milei. No es el único ángulo de lectura. Lo que ocurrió el domingo es, también, la derrota de un oficialismo, tendencia en ascenso durante los comicios en otros países. Entre 2018 y 2026, solo en tres elecciones un oficialismo prevaleció: dos en Paraguay y una en Ecuador. Es un punto de vista que podría generar preocupación en el Gobierno, inserto en una dinámica en la que el electorado crea figuras y las destruye con la misma rapidez. De querer detenerse en otra dimensión de esta historia, hay un lugar desde el cual Cristina Kirchner debería estar contenta. Desde la prisión domiciliaria, puede transferir votos a un candidato que la reemplace, como ocurrió con el caso de los Bolsonaro. En ese sentido, y de repetirse esa lógica, la expresidenta tendría algo para festejar de la victoria de la oposición en Brasil. En la paradoja “gana la derecha y pierde el oficialismo”, algunos personajes de la política quedarían mejor parados. La necesidad de mostrar un rostro renovado para no perder como oficialismo, ¿beneficiaría a Patricia Bullrich y Raúl Jalil, jefe provincial en Catamarca que se muestra extraordinariamente entusiasta con el gobierno de Milei? Ambos interrogantes llevan al viaje del Gobierno a París junto a buena parte de la clase política, el empresariado y representantes del Poder Judicial. El viaje a París fue un viaje muy importante. El Gobierno tiene motivos para celebrar este encuentro. Lo primero que hay que decir es que fue muy llamativo el trabajo del embajador argentino en París, Ian Sielecki, un joven que organizó una gran reunión, muy superior a la que el Gobierno había logrado en una experiencia similar: la Argentina Week en Nueva York. Porque en París hubo muchos europeos. Lo de Nueva York fue más bien una reunión de presentación de la Argentina, pero con más participación argentina que norteamericana porque casi no hubo presencia del empresariado estadounidense. Y en esta reunión si la hubo de Francia y de otros países europeos. El de París fue un viaje en el que, si uno lee en su significado principal, el Gobierno intentó, y habrá que ver si lo consiguió, dar respuesta a los dos más grandes desafíos que tiene. Uno es el problema de la inversión, que está ligado al dinamismo de la economía. En la Argentina la inversión ha caído y, la que llega, llega a algunos sectores híperestimulados por la política industrial de este Gobierno que se llama RIGI. El otro problema es mucho más práctico: la ingeniería electoral para llevar a Milei a la reelección el año que viene. Y eso tiene que ver con la relación con los gobernadores. Esos fueron los dos elementos, uno explícito, el de las inversiones, y otro implícito, el de los gobernadores. En el de las inversiones al Gobierno le fue bien. Hubo varios anuncios genuinos. Otros se refirieron a operaciones decididas antes en el país, que se conocían hace tiempo. Pero se esperó para anunciarlos en París para dar volumen y credibilidad al aumento de inversiones en la Argentina, preocupación que tiene el Gobierno en una economía que está aletargada. Pero también hubo novedades muy importantes de decisiones que no estaban definidas. Probablemente el más importante sea el de la empresa Total, que es una de las grandes compañías de hidrocarburos del mundo y una de las más importantes de Europa. El CEO de Total anunció una inversión de US$10.000 millones para los próximos diez años en la Argentina. Eso no se sabía a ciencia cierta, se definió ahí. Es muy probable que suceda porque sería muy difícil entender cuál sería el beneficio de un líder de una empresa como Total de hacer un anuncio que no se va a cumplir. Otro anuncio fue el de Panamerican Energy (PAE), ligado a petróleo convencional. hecho con la empresa francesa SNF. PAE, liderada por Marcos Bulgheroni, invertirá US$1200 millones para darle más vida en el tiempo a la producción petrolera de Cerro Dragón, en Chubut, que es el gran yacimiento histórico de los Bulgheroni. Luego aparece Eramet, otra empresa francesa del rubro minero, con una inversión por US$350 millones para ampliar la planta de litio que ya tiene en la Argentina. El Gobierno puede mostrar estas novedades como expresión del atractivo de la Argentina y de la gestión de Milei frente a los europeos. Otro anuncio importante fue la asignación del RIGI a Pluspetrol. Es una empresa argentina de bajísimo perfil, pero muy importante, que adquirió los activos de Exxon: anunció una inversión por US$12.400 millones para los próximos 25 años. El mundo de la inversión es un mundo desafiante para el Gobierno con una economía estancada. Además, porque tiene otros casos muy controvertidos de inversiones, en general ligados muy misteriosamente a Santiago Caputo, el “Mago del Kremlin”. Quien se presenta en concurso de acreedores es el íntimo amigo de Caputo, Leonardo Scatturice, con Flybondi, empresa que este año canceló 2400 vuelos, lo que provocó la queja de 383.000 pasajeros. No se entiende que quiso hacer Scatturice ni tampoco se entiende que quiso hacer Caputo avalando a su amigo en la inversión de la compañía aérea. Tampoco se entiende qué hace el interventor de la Administración Nacional de Aviación Civil (ANAC), que controla las empresas aéreas, que no abrió la boca hasta ahora. Se llama Oscar Villabona. Este es uno de los problemas de un área dominada políticamente por Caputo, que no es funcionario, es asesor. La otra tiene que ver también con el transporte. Con la empresa Metropol y la distribución de subsidios a los colectivos. Un caso judicial que en su momento investigó el fiscal Franco Picardi y que por un ardid procesal lo toma el fiscal Guillermo Marijuán. Este controvertido fiscal ahora en vez de investigar a los de Metropol, que son los que tenían aparentemente una combinación con Luis Pierrini, que era el titular de Transporte en el momento en que se produce toda esta malversación de subsidios, pone en el banquillo a los acusadores. Insólito. Tampoco son buenos m…