Los curris de Fraggle Rock eran la perfecta representación del proletariado: con casco y cinturón de herramientas, perfectamente hacendosos, su única preocupación y actividad era construir aquellas estructuras de metacrilato de las que luego se alimentaban los fraggle. En un episodio, una fraggle —creo que la dicharachera Rosi— se ponía marxista al darse cuenta de la explotación que su estirpe estaba ejerciendo sobre los curris y trataba de convencer a sus compañeros de que dejaran de comerse su arquitectura. Sin éxito: la moraleja del episodio era que aquellos pequeños trabajadores vivían para alimentar a los fraggle y que su existencia no tenía sentido sin ellos: les faltaba la conciencia de clase. Un mensaje que parecía dictado por la patronal. Seguir leyendo