Se repite el guion con la precisión de una liturgia. Primer plano, ojos vidriosos, una respiración entrecortada y la confesión de lo duro que resulta sostener en solitario un proyecto creativo. Debajo, sin solución de continuidad, el enlace a la tienda. Lo que hace una década habría sido un desahogo espontáneo se ha convertido en 2026 en el embudo de ventas más rentable del algoritmo: el sadfishing, la técnica de exhibir un sufrimiento amplificado, o directamente inventado, para generar la empatía que después se transforma en clics de compra. Seguir leyendo