Mucho antes de que las farmacias fueran locales luminosos, con góndolas, medicamentos envasados y largas filas frente al mostrador, en La Plata existieron las boticas. Eran espacios donde el farmacéutico recibía una receta, pesaba las sustancias, mezclaba los componentes y preparaba personalmente el remedio que luego llevaría el paciente. En muchos casos, además, era una figura reconocida del barrio, alguien a quien se recurría no sólo por un medicamento sino también por un consejo. La historia de las farmacias platenses empezó incluso antes de la fundación de la ciudad. En Tolosa, por ejemplo, José Mateo de La Piedra y su esposa Mariana tenían desde 1875 un modesto botiquín en la zona de la actual calle 1 entre 34 y 35. Él era conocido como una suerte de manosanta y arregla pleitos, una figura que reunía conocimientos empíricos de medicina, farmacia y los saberes populares de aquella época. Con el tiempo, aquel botiquín se transformaría en botica bajo la responsabilidad de un regente, de acuerdo con las nuevas disposiciones que comenzaron a regular el ejercicio de la medicina y la farmacia. Pero si se busca la primera farmacia de todo el territorio donde luego se levantaría La Plata, aparece un nombre fundamental: Francisco Cestino. Italiano, nacido en Vigevano, en la provincia de Pavía, llegó a estas tierras y en 1859 instaló en Ensenada la que es considerada la primera farmacia del Partido. Fue conocida como “La Botica del Progreso” o “Botica Italiana”. Cestino fue un personaje singular. Había iniciado estudios de medicina en Italia y, después de llegar a Buenos Aires, continuó su formación. Instalado en Ensenada, volcó sus conocimientos en una región que durante mucho tiempo tuvo escasos profesionales de la salud. Desde 1869 también atendía como médico y recorría grandes distancias para visitar enfermos de Ensenada y de localidades como Magdalena, Chascomús y Ranchos. Cuando La Plata comenzó a levantarse, las boticas fueron ocupando distintos puntos de aquella nueva trama urbana. Una de las primeras fue la “Botica y Droguería del Indio”, propiedad del doctor Hipólito Girgois, médico francés y cirujano del Ejército Nacional. Funcionaba inicialmente en calle 1 entre 34 y 35 y, a fines de diciembre de 1884, se trasladó a la esquina de 45 y 4. Los avisos de la época permiten imaginar cómo se presentaban aquellos establecimientos. La Botica del Indio anunciaba un amplio surtido de drogas, específicos europeos y norteamericanos y artículos de perfumería. Prometía atención “a todas horas del día y de la noche”. Y, como muestra de una época en la que una farmacia podía vender muchas otras cosas, también ofrecía papeles, útiles de escritorio y libros escolares. En noviembre de 1883 había abierto sus puertas la “Botica Italiana”, de Calisto Cerri, en calle 1 entre 34 y 35. Su presencia tuvo una importancia especial porque Cerri fue el primer propietario de una farmacia platense que era, además, farmacéutico diplomado. Aquel período también tuvo como protagonistas a los hermanos Carlos y Pedro Berri, quienes el 4 de marzo de 1884 instalaron una farmacia frente a la estación del Ferrocarril del Sud, en calle 50 entre 5 y 6. Carlos Berri terminaría convirtiéndose en uno de los nombres más importantes de la farmacia platense y en una figura vinculada a la creación de la enseñanza universitaria de Química y Farmacia. Otro de los primeros establecimientos fue la farmacia “Popular”, instalada por Estanislao o Luis Franco en calle 50 entre 2 y 3. De esta manera, las primeras boticas comenzaron a formar parte de una ciudad que crecía a una velocidad extraordinaria. El primer censo realizado en La Plata, entre el 25 y el 29 de marzo de 1884, registró 10.407 habitantes: 2.278 argentinos y 8.129 extranjeros. En esa población había apenas cinco boticarios, tres médicos y una partera. Eran tiempos en los que la medicina enfrentaba enfermedades que hoy tienen tratamientos muy diferentes: septicemias, gangrenas, carbunclo, tuberculosis, sífilis y tétanos aparecían entre los problemas sanitarios frecuentes. También existían episodios de tifus y difteria y, ocasionalmente, enfermedades como el cólera y la fiebre amarilla. Los cajones destinados a las hierbas medicinales llevaban sus nombres botánicos. El ambiente estaba impregnado por ese inconfundible “olor a remedios” que mezclaba distintas sustancias y convertía a la botica en un lugar solemne, casi misterioso. En aquellos años gran parte de los medicamentos no llegaba preparada desde una fábrica. El farmacéutico debía elaborarlos en la propia trastienda. Allí estaban los morteros de bronce o porcelana, las balanzas, los vasos, las vasijas, los embudos y todos los elementos necesarios para convertir una fórmula escrita por el médico en un medicamento. Se preparaban sellos, jarabes, supositorios, píldoras, pociones, papeles y tinturas. La llamada fórmula magistral ocupaba un lugar central. El médico indicaba las sustancias y sus cantidades y el farmacéutico se encargaba de preparar el medicamento para ese paciente en particular. Entre los productos que aparecen registrados en los antiguos libros recetarios figuran el aceite de ricino, el aceite de hígado de bacalao, la zarzaparrilla, los polvos de Dover, el alcohol alcanforado, la mostaza, la limonada Rogé, la quina, las pomadas mercuriales y distintos jarabes y tinturas. Hoy hay más de 300 farmacias en La Plata y la carrera se puede estudiar en la Universidad.